Barth Karl - Introduccion A La Teologia Evangelica

Barth Karl - Introduccion A La Teologia Evangelica

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VERDAD E IMAGEN 166

Colección dirigida por Ángel Cordovilla Pérez

EDICIONES SÍGUEME SALAMANCA 2006

Esta obra ha sido publicada con la colaboración de Pro Helvetia, fundación cultural de Suiza CONTENIDO

Presentación, por Pedro Rodríguez Panizo 9 Prólogo 19 l. Aclaración . 21

Cubierta diseñada por Christian Hugo Martín

Tradujo Constantino Ruiz-Garrido del original alemán EinjUrung in die evangelische Theologie (1962)

© Theologischer Verlag Zürich 1970 © Ediciones Sígueme S.A.U, 2006 CI García Tejado, 23-27 - 37007 Salamanca I España

ISBN: 84-301-1583-8 Depósito legal: S. 1704-2005 Impreso en España I Unión Europea Imprime: Gráficas Varona S.A. Polígono El Montalvo, Salamanca 2006

2. La Palabra 3 3. Los testigos 45 4. La comunidad 57 5. El Espíritu 69

1 LA EXISTENCIA TEOLÓGICA

6. La admiración83

7. El verse afectados 95 8. El compromiso 107 9. La fe 119

14. La oración 185 15. El estudio 199 16. El servicio 213 17. El amor 227

PRESENTACIÓN Humildad y grandeza de la teología

Pedro Rodríguez Panizo

El lector tiene entre sus mano~ un profundo y hermoso libro de teología. Su autor, Karl Barth (1886-1968), es uno de los más grandes teólogos del siglo pasado. Es un libro que respira humildad y grandeza en cada página, en cada línea. Una obra que puede encender en cualquiera y de por vida una vocación teológica. El prólogo a esta verdadera obra de arte no puede ser más que una invitación a su lectura. Exige del que la inicia un tono y un temple determinados. Frente a

la inveterada costumbre actual de leer rápido para consumir lecturas -incluso teológicas- y estar al día, la Introducción a la teología evangélica pide leerse despacio, meditativamente, sin prisa ninguna de pasar de lección, dejando que su contenido explícito y las evocaciones latentes en él, despierten nuestra propia profundidad de creyentes y nos hagan viajar hacia 10 que Paul Ricoeur gustaba de llamar «el oriente del texto». Invita, además, a dejarse interpelar por su llamada profética hacia la concentración en 10 esencial y a estar abiertos a todo, cosa que suele ocurrir casi siempre que se da 10 primero.

En el semestre de invierno de 1961, Barth terminó su carrera académica y, como dice en el prólogo ~on la fina ironía que le caracterizó siempre-, fue el sustituto de sí mismo y hasta de su futuro sucesor cuya búsqueda suscitó más de una polémica. Resultado de aquel curso fue el libro que hoy felizmente presentamos en la cuidada edición de la Editorial la Presentación Presentación 1

Sígueme, cuyo denodado esfuerzo por hacer accesible al público de lengua española la filosofia y la teología más serias, no se ponderará nunca suficientemente. En un tiempo de tanta superficialidad, algo así no puede comprenderse más que considerándolo un abnegado servicio a la comunidad cristiana y a la sociedad.

La Introducción es, por tanto, una obra de madurez. Lleva tras de sí la experiencia vital de quien ha sido cinco años estudiante, doce párroco y cuarenta profesor de teología, con una prolífica obra escrita a sus espaldas y un incuestionable compromiso social y político a favor de los desheredados y contra el totalitarismo de los dificiles años del terror nazi,

como testimonia, entre otros datos, la famosa declaración de Barmen (1934) de la Iglesia Confesante. Sus páginas destilan por todas partes fidelidad a la Palabra de Dios y al ser humano, término de su amor insondable. Recuerda, en este aspecto, a esos otros viejos admirables que fueron Husserl y Tillich. El primero, después de una obra monumental en cantidad y calidad creía que, al final de su carrera académica, había llegado a ser un principiante de la filosofia. El segundo, queriendo rehacer toda su Teología sistemática en diálogo con la historia de las religiones, animado por un seminario conjunto que impartió con Mircea Eliade. Para Barth también la vejez es un tiempo de creatividad, de lucidez y de avance; y, para la teología, avanzar significa siempre de nuevo «iniciar desde el inicio» (mit dem Arifang anzufangen) l. En efecto, esta es quizá la primera impresión que causa su lectura: es un libro joven, lleno de aliento y ánimo, de sensatez y pasión por el quehacer teológico, concebido como una ciencia modesta, crítica, libre y alegre -la verdadera gaya ciencia-o Y es que siempre se recibe algo de la eterna juventud de Dios

1. K. Barth, Einfiihrung in die evangelische Theologie, Evange1ische Verlagsanstalt, Berlin 1965, 169.

(cuando se hace de Él el centro de la vida), frente a la cual, todos -viejos, medianos y jóvenes- somos siempre vejez.

No dejó de tener problemas su autor ni siquiera el semestre invernal del curso 1961-1962, cuyas lecciones recoge este libro. En la misma sala, delante de los estudiantes, precisa e irónicamente durante la última lección sobre el amor, Edgar Salin, el pro-rector de la Universidad de Basilea, se permitió -sin la más mínima cortesía- una dura crítica de Barth por sus ideas políticas. Este pequeño drama o comedia (Dramolet) no logró, con todo, disturbar su paz interior, como confiesa él mismo en el prólogo.

El libro se presenta con el estilo de una introducción, género muy frecuente en teología, conocido a veces como Enciclopedia teológica, y que cuenta con dos ejemplos clásicos modernos admirables: las de Schleiermacher -el Kurze Darstellung de 1811-, por parte protestante, y 1. S. Drey -el Kurze Einleitung de 1819-, por parte católica. Barth observa que semejante disciplina introductoria no se encontraba en el curriculum de la Facultad de Teología de Basilea. Como él mismo afirma, ha querido presentar, con ocasión de este «canto del cisne», los objetivos que le han movido durante su larga existencia teológica, dándose cuenta y razón de ello a sí mismo y a sus contemporáneos, especialmente a las generaciones más jóvenes. Pero es una Introducción, además, a la teología evangélica. Con ello no se refiere solamente a la que nace de la Reforma protestante del siglo XVI, sino -más importante aún- a la que se funda en la historia de Israel con sus profetas y en los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento. En el Evangelio (euangélion) que es Dios mismo revelado en Jesucristo por el Espíritu Santo. Dios diciéndose a sí mismo en la historia de sus acciones salvíficas para con el hombre.

A los lectores más familiarizados con el Barth del primer período dialéctico, el de La carta a los Romanos -especial-

12 Presentación Presentación 13 mente- y el de algunos pasajes de la monumental Dogmática

Eclesial (por ejemplo el §17), les sorprenderá al leer este libro su propia matización con respecto a Dios como el Totalmente

Otro. Prolongando las intuiciones de su conferencia de 1956 sobre La humanidad de Dios, Barth habla en la Introducción del Dios del Evangeiio como el que no está apresado en su propia majestad y lejanía, como parece indicar el término absoluto (suelto, separado, desligado de lo que no es Él), sino que es misericordia para el hombre, cercanía no sólo de Señor, sino también de hermano y amigo. Padre, Hijo, Espíritu Santo. Un Dios con el hombre y para él, suscitando con su gracia (charis) el libre amor de éste que hace de la gratitud (eucaristía) la voz a Él debida, lo cual no significa ni mucho menosminusvalorar su trascendencia y excelsitud, sino que lo

es precisamente ahí, en su abajamiento y en su entrega total al hombre (cf. Is 57, 15): el Emmanuel. Lo contrario sería un dis-evangelio más que un evangelio. Por eso prefiere Barth, desdesu teocentrismo sin compromisos, hablar mejor de teoantropología, para evitar ese híbrido que gusta calificar de mixophilosophicotheologia, tomando el término del teólogo de WittenbergAbraham Calov (1612-1686), quien cultivaba una mezcla de filosofia y teología que no satisfacía a ninguna de las dos. De semejante crítica no se libra para Barth ni el mismoPaul Tillich (cf. Lección 1na), al intentar introducir la teologíaen el ámbito de la cultura y de las otras ciencias, así como el traer éstas a la teología en lo que gustaba de llamar método de correlación. Parece que una polémica que viene de lejos-desde antes de los años veinte- sigue sin encontrar aquí acuerdo y comprensión. Barth sigue mostrándose en la

Introducción, alérgico a las teologías del a priori religioso (Schleiermacher, Fries, Otto, Troeltsch), por sospechar en ellasuna reducción antropológica de la teología, cuyo único «objeto»es Dios, lo que hace de ella un saber humilde y agradecido:theologia viatorum, no theologiagloriae.

El lector podrá comprobar a lo largo de la lectura meditativa de este libro, la sencilla pero poderosa y profunda estructura de su composición. Podría decirse de ella lo que Tomás de Aquino de la belleza: está hecha de proporción (proportio), integridad (integritas) y claridad (claritas). Véase su esquema para comprobarlo. Si se exceptúa la primera de las lecciones (1) de tema clarificador de cuanto sigue, tenemos la estructura siguiente:

2. La Palabra 1. Lugar (Or!) 3. Los testigos / Testimonios 4. La comunidad 5. El Espíritu

6. Admiración / Asombro 1. Existencia 7. Verse afectados 8. Compromiso 9. La fe

10. Soledad m.Riesgo 1. Duda 12.Tentación / Prueba 13. La esperanza

14. Oración

IV. Trabajo 15. Estudio 16. Servicio 17. El amor

Si se mira con atención, se verá que en la tercera columna se encuentra el principio que hace de condición de posibilidad de la estructura ternaria de cada una de las cuatro partes que componen la obra y de la misma ciencia teológica. Empezando por el final, se podría decir que el amor (ágape, que evangeliza e incorpora al eros teológico) hace que el trabajo teológico sea una obra buena y agradable a Dios, una de esas obras del amor de las que tan bella y profundamente habló mucho antes el genial Soren Kierkegaard, útil para los seres humanos. Impide que la curiosidad, el gozo que se experimenta con la belleza y el interés de las disciplinas teológicas (eros), haga olvidar al teólogo que su tarea es un servicio a la Palabra de Dios y a los hombres y mujeres de su tiempo, y no un mero pasatiempo que roba

14 Presentación Presentación 15 nuestras horas y nuestros días aislándonos del espesor y el dolor de la vida. Las páginas que dedica el autor a la crítica de quienes no ven más que teología por todas partes, olvidando las novelas, la música, el deporte, etc., y trabajando sin parar día y noche en una especie de afecto desordenado, no tienen desperdició. Hace posible -además-la indisoluble unidad de oración y estudio. La primera, el movimiento y la apertura de lo bajo hacia lo alto; la segunda, como el trabajo del ora et labora -que es otra forma de oración-, es el movimiento intelectual, corpóreo-espiritual, hacia el exterior (studio), impelido por la misma resonancia en que 10 ha dejado la oración. Parafraseando a Kant, dirá Barth en otro contexto: la oración sin estudio es vacía, el estudio sin oración es ciego. Y además, está en relación con el Espíritu (Lección 5a), pues según Pablo es «el amor de Dios derramado en nuestros corazones» (Rom 5,5). El Espíritu que inhabita en la comunidad, despierta y hace hablar a los testigos, inspira la Escritura y hace posible discernir la Palabra de Dios en las palabras de los hombres, poniendo al teólogo en el lugar desde donde ésta le asombra2, maravilla e inter- . pela hasta el «sojuzgamiento» y la consternación de un compromiso radical y a ultranza para con Dios (cf. Jer 20, 7-9). Y de nuevo el principio que 10 hace posible: la fe, criterio subjetivo del quehacer teológico, junto con la Palabra de Dios como su criterio objetivo. Barth subrayará que sólo Dios es el verdadero «objeto» de la teología, no el hombre, ni la fe, ni la religión, a condición de pensar en ese Dios como el Dios del Evangelio, que es el Dios de los hombres, el que sale a su busca en el Hijo, como un templo ambulante, y los carga sobre sus hombros como el Buen Pastor que regre-

2. Sorprendentes y bellísimas son las páginas dedicadas al milagro en la Lección 6 así como iluminadoras resultan las consideraciones acerca de la relación de Dios con Israel (Alianza) y la centralidad de Cristo, en la lección 2 sa con la oveja perdida; un Dios que no es rígido ni exclusivo, sino que hace salir el sol sobre buenos y malos.

Finalmente, la esperanza es la condición de posibilidad para afrontar el riesgo (Geflihrdung) de la soledad, la duda y la prueba. «Perseverar y soportar» (Aushalten und Ertragen) es la respuesta a dichos riesgos y tentaciones. El contra spem in spe de Rom 4, 18, en la figura paradigmática de Abrahán. Continuar llevando la carga impuesta sin desanimarse, no ceder a ningún precio, como sosteniendo un muro con nuestra espalda y nuestros hombros; es decir, tener un poco de coraje, pues no hay teología sin una cierta dosis de él y de tormento: las disputas intraeclesiales, las discusiones y críticas acerbas con los demás colegas de profesión, la tentación de la fama y la «gloria», figura de este mundo que pasa; losjuicios de valor referentes a creerse mejores y peores teólogos, importantes o grandes, pequeños o de segundo orden; los desánimos personales y los desalientos de todo tipo, no deben paralizar la humildad y grandeza del ejercicio de la teología. Hay que confiar en que pueden ser vencidos con la paciencia y la esperanza, con la fe y el amor, con la fuerza del Espíritu. Tómese tiempo el lector y, sin prisas, comience la lectura de esta hermosa pieza de cámara teológica.

Después de retirarme de la actividad docente como profesor universitario, se me ocurrió actuar como mi propio sucesor y como representante de mi sucesor, todavía desconocido por mí, y ocuparme de la dirección, durante el semestre de invierno de 1961-1962, de algunos seminarios, llevar a cabo actividades e impartir lecciones. En la presente obra el lector hallará el manuscrito de esas lecciones. Espero que ahora nadie se queje de mi gran brevedad, en vista de 10 voluminosos que fueron los tomos de mi obra Kirchliche Dogmatik. Puesto que no deseaba impartir brevísimas lecciones de teología dogmática, me propuse aprovechar esta «última» oportunidad para darme razón a mí mismo y a mis contemporáneos, de manera escueta, de todo 10 que fundamentalmente traté de alcanzar, aprender y defender, en materia de teología evangélica, durante cinco años como estudiante universitario, doce como párroco y finalmente cuarenta como profesor universitario, recorriendo todos los caminos y rodeos que anduve hasta llegar al momento presente. Tal vez me movió también en el fondo la intención de proporcionar, especialmente a la joven generación de este momento, una visión de conjunto de mi alternativa a la mixo-filosófico-teología (¡la expresión es del viejo Abraham Calov!), que en su momento deslumbró poderosamente a muchos, pareciéndoles la más imponente novedad. No quise hacerlo en forma de nuevas «confesiones de fe» o de «esbozos» o de una pequeña Summa. Preferí escoger la forma de una asignatura de «introducción», una asignatura que hace ya tiempo que no aparece en el plan de estu-

20 Prólogo dios de nuestra facultad de teología de Basilea. No pude quejarme de falta de interés por parte de mis discípulos. E incluso el pequeño «drama», que curiosamente se desarrolló en nuestra aula, el día primero de marzo, después de impartir mi lección sobre el amor, no fue capaz de perturbar en lo más mínimo mi paz interior. Recordaré siempre con emoción aquel que fue mi último semestre académico; por lo demás, trataré de continuar en lo que pueda las enseñanzas de la Kirchliche Dogmatik (sin la presión algunas veces penosa, pero no obstante saludable, de los oyentes que me han escu- chado en cada momento).

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