Moltmann Jurgen - Trinidad Y Reino De Dios

Moltmann Jurgen - Trinidad Y Reino De Dios

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La presente exposición de la "doctrina sobre Dios" se centra en dos conceptos fundamentales: la Trinidad y el reino de Dios. Frente a interpretaciones humanistas y monoteísticas, Moltmann desarrolla una hermenéutica trinitaria de la historia bíblica. Por "pensamiento trinitario" entiende la superación de la concepCión subjetiva particular y el desarrollo de un pensamiento relacional, comunitario. Como consecuencia, expone una enseñanza social de la Trinidad y un nuevo concepto de libertad.

TRINIDAD Y REINO DE DIOS La doctrina sobre Dios

VERDAD E IMAGEN 80

Y REINO DE DIOS La doctrina sobre Dios

EDICIONES SIGUEME -SALAMANCA, 1983

Título original: Triniüit und Reich Gottes Tradujo: Manuel Olasagasti © Chro Kaiser Verlag, MUnchen 1980

© Ediciones Sigueme, 1983

Apartado 332 -Salamanca (Espafia) ISBN: 84-301-0901-3 Depósito Legal: So 14-1983 Printed in Spain Industrias Gráficas Vise do

Hortaleza, 1 -Teléfono 24 70 01 Salamanca, 1983

Prólogo

CONTENIDO 1. La teología trinitaria hoy 20 La pasión de Dios 30 La historia del Hijo

40 El mundo de la trinidad

5. El misterio de la trinidad

6. El reino de la libertad Indice de autores Indice general o o o

Progresar significa volver a empezar. Esta máxima tiene aplicación en la labor teológica. Teología de la esperanza (1964); El Dios crucificado (1972) Y La iglesia, fuerza del Espíritu (1975) nacieron como obras «programadas» en el estilo y en el contenido: se trataba de enfocar toda la teología desde una determinada perspectiva. Mi ánimo es proponer ahora una serie de aportacio- nes a la teología que difieren de los mencionados libros en varios aspectos; mi objetivo es, en síntesis, estudiar dentro de un orden sistemático las relaciones existentes entre ciertas nociones y doctrinas trascendentales de la teología cristiana. La expresión <<aportaciones a la teología» significa que el autor no intenta elaborar un sistema o una dogmática.

Una verdadera «suma» de teología o un auténtico sistema teológico aspiran siempre a la totalidad, a la organización perfecta y a la validez universal: en principio, deben pronunciarse sobre todas las cuestiones relevantes. Los diversos enunciados han de conciliarse entre sí. La unidad arquitectónica debe ser nítida, como de una pieza. De ahí que los sistemas teóricos, sin excluir la teología, posean un cierto encanto estético. Pero en ello radica también su poder seductor: los sistemas dispensan al lector, sobre todo al lector entusiasta, de movilizar el propio pensamiento crítico y de adoptar la propia decisión responsable, ya que hurtan el cuerpo a la discusión. Por eso yo he procurado resistir la tentación de elaborar un «sistema» teológico, incluso un sistema «abierto».

La noción corriente y acreditada de la dogmática tampoco me satisfacía. En el lenguaje político del emperador Augusto, «dogma» significaba tanto como «decreto» (Le 2,1). El decreto no admite la crítica ni la oposición; se impone por la fuerza. Los términos teológicos «dogma» y «dogmática» tienen poco que ver,

10 Prólogo naturalmente, con esa acepción. Pero no dejan de evocar el talante y a menudo el gesto de lo definitivo, del dictamen no revisable. En teología, el pensamiento dogmático, aunque no sea «dogmática», suele expresarse con preferencia en forma de tesis; no de tesis a discutir, sino de tesis dictaminadoras, que provocan el asentimiento o el rechazo, mas no el pensamiento responsable y personal. Invitan, en suma, al oyente a adherirse a ellas, no a escuchar la propia voz interior.

La expresión «aportaciones a la teología» pretende evitar el escollo del sistema teológico y la coerción de la tesis dogmática; pero tampoco se trata de una atenuación retórica. La expresión sugiere una determinada trama intelectual cuya lógica se irá viendo a lo largo de la exposición. Estas aportaciones a la teología presuponen un diálogo teológico intensivo, desarrollado en el pasado y en el presente. Participan críticamente y con sus propias propuestas en este diálogo e intentan abrir el camino hacia un diálogo más hondo y más amplio en el futuro.

El autor reconoce obviamente los condicionamientos y las limitaciones de su propia perspectiva y la relatividad de su entorno mental. No pretende decirlo todo ni abarcar la integridad de la teología. Entiende, más bien, su propia totalidad como una parte de otra totalidad mayor. No osa, en consecuencia, sentenciar lo que es válido para todos, para todo tiempo y para todo lugar. Pero sí intenta, en la circunstancia de su tiempo y de su lugar, insertarse en el espacio comunitario, más amplio, de la teología. Esto implica la liquidación crítica de la presunta e ingenua autosuficiencia del pensamiento. El autor es un europeo, pero la teología europea no debe seguir siendo por más tiempo eurocéntrica. El autor es varón, pero la teología no puede ser ya androcéntrica. El autor vive en el «primer mundo», pero su teología no debe reflejar las ideas de los dominadores, sino que ha de contribuir a hacer oír la voz de los oprimidos. La expresión (<aportaciones a la teología» indica, pues, la negación del carácter absoluto de las propias opiniones, latente siempre de modo subrepticio.

La convicción que subyace en esta actitud es que la verdad a nivel humano se manifiesta en el horizonte del diálogo libre y espontáneo. La comunidad y la libertad son los componentes humanos del conocimiento de la verdad, también de la verdad de Dios. Se trata de la comunidad de la participación recíproca y de la simpatía unificadora. Se trata del derecho a la libertad de las propias convicciones y a la adhesión sincera y personal. Esta comunidad libre de personas sin privilegios y sin discriminaciones

Prólogo 1 puede calificarse de ((cuerpo terreno» de la verdad. Lo cual significa, a la inversa, que sólo la verdad puede ser el alma de esa comunidad libre de personas. El sistema teológico y la dogmática tética difícilmente pueden salvar esta vertiente de la verdad. En lugar de propiciar y de prestar el libre asentimiento, se imponen y coaccionan. Dejan poco margen a la fantasía creadora. No dan tiempo para tomar las propias decisiones. Sólo el diálogo libre permite asumir la verdad desde su auténtica raíz: partiendo de su propia irradiación. La verdad genera el consenso, la verdad produce el cambio sin apelar a la violencia. La verdad conduce al hombre, a través del diálogo, hasta sus propias ideas y sus propios pensamientos. En el diálogo liberador, los maestros, los docentes, se retrotraen a la condición de hermanos y de hermanas. Así el discipulado se metamorfosea en amistad. La teología cristiana degenera y muere si no se mantiene perpetuamente en ese diálogo y si no mira a una comunidad que busca, que necesita y que provoca dicho diálogo. Por eso interesa preguntar en qué comunidad han nacido es- tas aportaciones a la teología o para qué comunidad se han elaborado. Es bien sabido que la comunidad de los teólogos tiende a estrecharse más y más; cada teólogo siente la tentación de ser un pensador original y solitario. No obstante, y a condición de que las singularidades y las contingencias de la propia subjetividad no lo estorben demasiado, la comunidad de los teólogos tras- ciende hasta cierto punto el tiempo y el espacio.

La comunidad capaz de recibir y de ofrecer aportaciones teológicas remonta muchos siglos atrás, hasta los propios testimonios bíblicos, ya que estos testimonios dieron origen a un diálogo histórico ininterrumpido, abierto e inacabable. Hay problemas teológicos para los que cada generación debe hallar su propia solución si quiere que sean para ella germen de vida. Ninguna concepción histórica es definitiva ni conclusa. En la historia de la teología cristiana, el carácter de apertura de todos los conocimientos y de todas las explicaciones es algo esencial, ya que en la actitud de apertura se revela la fuerza de su esperanza escatológica. En el horizonte de la teología y de su problemática, las distancias históricas resultan irrelevantes, y Atanasio, Agustín, Lutero y Schleiermacher están presentes en el diálogo teológico actual. Nuestro debate con ellos es un debate con el presente. Eso que llamamos (dradición» no es un tesoro de verdades inertes y fungibles, sino que es el diálogo teológico inexcusable y vivo con los antecesores, por encima de las épocas y de cara a un futuro común.

12 Prólogo

Pero la comunidad teológica trasciende también las propias fronteras actuales, confesionales, culturales y políticas. La obra que presentamos intenta demostrar que hoy en día la teología cristiana debe desarrollarse en comunidad ecuménica. No basta ya el diálogo con la propia tradición, porque semejante diálogo resulta de entrada estrecho y limitado. Es preciso, en la medida de lo posible, tomar contacto con las otras tradiciones cristianas y ofrecer la propia tradición como aporte a la comunidad ecuménica, de radio más amplio. Entonces se reconoce -insisto-la propia totalidad como una parte de otra totalidad mayor, y a través del conocimiento de los propios límites es posible tras- cenderlos. Entonces comienza la superación del pensamiento solipsista y particular.

Llamamos pensamiento particular a toda ideación aislante, a todo pensamiento que tiende a deslindarse y acotarse para su propia satisfacción y seguridad, encubridora de la angustia interior. Como sólo se admiten los propios principios y sólo se pretende confirmar los propios resultados, surge el absolutismo del pensamiento. En la teología cristiana, el pensamiento particular es siempre un pensamiento cismático. Implica la fragmentación confesional de la iglesia, y estas diferencias no han hecho sino agrandarse con la controversia teológica, empeñada en establecer barreras. En la era de las escisiones eclesiales, que alcanza hasta el presente, este absolutismo confesional ha sido la atmósfera dominante. Las diferencias han servido para fijar la propia y bien acotada identidad. Pensar ecuménicamente significa superar este pensamiento cismático, al que estamos tan habituados que ni siquiera somos conscientes de él, y buscar una futura comunidad ecuménica. Significa no pensar «contra» los otros, sino con ellos y para ellos. Y postula la integración de la propia identidad en esta comunidad ecuménica germinante. Pero ¿cómo es posible pasar del pensamiento particular, cismático, al pensamiento universal y ecuménico?

Las interpretaciones teológicas del cristianismo· se pueden abordar en su carácter particular. Existen las interpretaciones ortodoxa, católica, anglicana, luterana y muchas más. Pero también es posible abordar estas interpretaciones en su universalidad. Entonces aparecen como testimonios de la única iglesia y se estudian como aportaciones a la teología de esta única iglesia de Cristo. Por muy evidente que pueda ser el carácter confesional de un texto, lo importante en esa perspectiva es sólo su aportación a la verdad común. La verdad es universal. Sólo la mentira es particular.

Prólogo 13

Persuadido de que la creciente comunidad ecuménica debe entenderse ya actualmente como el «cuerpo terreno de Cristo)), mi objetivo en las presentes aportaciones a la teología es acoger las tradiciones evangélica y católica, occidental y oriental, estudiarlas atentamente y ejercer la crítica y la autocrítica frente a ellas. El presente trabajo sobre la trinidad aspira de modo especial a superar el cisma entre la iglesia oriental y la iglesia occidental, que desde 1054 lastra en forma trágica a la cristiandad. Algunas ideas, concretamente la esperanza en una solución de este problema y en la superación del cisma, han tenido su origen en las conferencias sobre la «cuestión Filioque)), organizadas a sugerencia mía por la Comisión ecuménica para la fe y la constitución de la iglesia en los años 1978-1979.

Aparte de ello, otorgo especial importancia al diálogo entre el judaísmo y los testimonios de la fe bíblica judía, de una parte, y la creencia bíblica cristiana, de otra. La separación entre el cristianismo y el judaísmo supuso el comienzo del primer cisma en la historia del reino de Dios. Aunque no esté en nuestra mano liquidar por las buenas este cisma, podemos al menos superar sus funestas repercusiones y llegar a una comunidad de vías separadas, pero que discurran ya en forma paralela. Para ello se precisa el compromiso común sobre (da Escritura)) y la esperanza común en «el reino». Es hora de ampliar el diálogo teológico dentro de la comunidad ecuménica, abarcando el diálogo con Israel. También las posiciones de la fe bíblica judía pueden interpretarse como testimonios de una comunidad que trasciende el marco del judaísmo, pues el pueblo de Dios es uno solo.

La idea básica de la presente aportación a la doctrina trinitaria ha sido expuesta por mí desde 1975 en muchos cursos y seminarios. Quiero expresar aquí mi agradecimiento por el trabajo realizado en común: En el número de octubre de 1979 de la revista Warfield Lectures del Princeton Theological Seminary (Estados Unidos) publiqué un esbozo de algunos capítulos de este libro, y dejo constancia de mi reconocimiento por la labor de síntesis que hube de afrontar por invitación de la revista. Finalmente, quiero agradecer de corazón al Dr. Michael Welker por la revisión crítica a que ha sometido todo el trabajo, sin olvidar al señor Siegfried Welling, que con tanto esmero atendió a la corrección de pruebas.

Al igual que en anteriores estudios teológicos, una imagen ha presidido estas reflexiones en torno a la doctrina trinitaria: el admirable icono ruso de Andrei Rublev, del siglo XV, en el que las tres personas muestran con su íntima compenetración la profunda

14 Prólogo unidad que las liga y en la que son el Dios Uno. El cáliz sobre la mesa sugiere la entrega del Hijo en el Calvario. Como el cáliz en medio de la mesa, alrededor de la cual se sientan las tres personas, la cruz del Hijo está desde la eternidad en el centro del misterio trinitario. El que capta la verdad de esta imagen, comprende que los hombres sólo sintonizan con el Dios trino a través de esa unidad que dimana de la entrega del Hijo «por todos»; comprende que sólo en esa libre intercomunicación encuentran su propia verdad. A esta interpretación social de la doctrina trinitaria pretende invitar el presente libro.

Tubinga, abril de 1980. JÜRGEN ~OLTMANN

1 La teología trinitaria hoy

¿Qué nos evoca actualmente la expresión «Dios trino»? ¿Qué representaciones asociamos con la trinidad? ¿Qué intuimos en esa comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu santo?

Las respuestas serán muy dispares, caso de que alguien las busque. Algunos evocarán los ritos y símbolos tradicionales del culto cristiano: el bautismo, la eucaristía, las bendiciones. Otros recordarán las apasionad~ disputas de la iglesia antigua. Alguien pensará en las imágenes del arte cristiano, donde se representan las tres divinas personas, o dos personas, o el Espíritu santo en figura de paloma. ~uchos consideran la doctrina trinitaria como una especulación para teólogos, que nada tiene que ver con la vida real. Por eso algunos protestantes modernos se contentan con el principio del joven «Nosotros adoramos los misterios de la divinidad. Esto es más importante que escudriñarlos» 1. Ya es bastante difícil creer en la existencia de Dios y vivir de acuerdo con esta creencia; la creencia en la trinidad ¿no viene a hacer más difícil todavía -innecesariamente-la vida de fe? ¿A qué se debe que la mayoría de los cristianos de Occidente, tanto católicos como protestantes, se comporten en su religiosidad efectiva como simples «monoteístas»? 2. Que Dios sea. trino o que sea uno no parece tener consecuencias diferentes ni en el plano de la fe ni en el de la ética. De ahí que en los escritos apologéticos destinados a adaptar el cristianismo al mundo actual apenas se haga mención de la doctrina trinitaria. Los nuevos enfoques

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